TU CUERPO NO FUNCIONA CON HORARIOS DE MARKETING: COMÉ CUANDO TENGAS HAMBRE

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Durante años nos repitieron que “el desayuno es la comida más importante del día” como si fuera una verdad universal. Te levantás, son las ocho de la mañana y parece que hay que activar automáticamente el protocolo: Mate, café, tostadas, fruta, y algo más.

Pero… ¿quién dijo que tiene que ser así?

¿Comemos porque tenemos hambre o porque aprendimos que “a esta hora toca comer”?

Hay personas que se levantan con un hambre tremenda y necesitan desayunar. Perfecto. Que aparezca el café, mate las tostadas y todo lo que haga falta.

Pero también hay personas que se levantan y no tienen hambre en absoluto.

¿Y qué hacen? ¿Se sientan frente a un plato de comida para cumplir con el reglamento nacional del desayuno?

Tampoco.

La idea no es decir que desayunar está mal. Ni que hay que dejar de comer. Mucho menos que existe una única forma correcta de hacerlo.

La cuestión es bastante más simple:

escuchar al cuerpo.

Si tenés hambre, comé.

Si no tenés hambre, quizás podés esperar.

Y cuando comas, elegí lo que quieras y lo que te haga bien.

NO necesitamos que alguien nos diga qué comer, cuánto comer y a qué hora comer, como si nuestro cuerpo viniera con un manual de instrucciones que perdimos al nacer.

“Son las ocho: desayuno.”

“Son las doce: almuerzo.”

“Son las cinco: merienda.”

“Son las nueve: cena.”

¿Y si un día el cuerpo dice otra cosa?

¿Llamamos a soporte técnico?

Obviamente, cada persona es diferente. Alguien que entrena fuerte por la mañana puede necesitar un desayuno más completo. Y hay situaciones de salud en las que no conviene modificar la alimentación

Pero para el resto, quizás estaría bueno dejar de convertir ciertos hábitos en leyes universales.

Porque no somos relojes.

Somos personas.

Y quizás una forma mucho más lógica de empezar el día sea dejar de pensar tanto en lo que “toca” y prestar un poco más de atención a lo que sentimos.

¿Tenés hambre? Comé.
¿No tenés hambre? Esperá.
¿Querés comer otra cosa? Comé otra cosa.

Al final, el cuerpo quizás sabe bastante más de nosotros que el reloj de la cocina.

 

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